Comentario sobre la pulsión agresiva
en el malestar en la cultura 

El Malestar en la Cultura fue publicado en 1.930 y en este trabajo están condensados los conceptos claves que forman gran parte del edificio psicoanalítico.

Centraré este exposición en un de los puntos que aborda Freud en este texto : la pulsión agresiva o de destrucción.

“El hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, de un ser entre cuyas disposiciones también debe incluirse una buena porción de agresividad”. Por lo tanto, la pulsión agresiva es una disposición pulsional inherente a la naturaleza humana e independiente. Puede darse unida a la pulsión de vida –como en algunos casos de sadismo- o puede actuar de independientemente de ésta –como en el caso de determinados crímenes. Si el amor, tanto sexual como inhibido en su fin sexual, es lo que une a los hombres, la tendencia agresiva constituye el mayor impedimento con que topa la cultura: “la hostilidad de uno contra todos y de todos contra uno, se opone a este designio de la cultura”.

En su construcción del aparato pulsional, Freud llega a establecer éste en función de dos grandes pulsiones: pulsión de vida –Eros– y pulsión de muerte –Tánatos-. Los fenómenos humanos pueden ser explicados por la interacción y oposición entre ambas. Freud define la pulsión agresiva o de destrucción como la orientación de la pulsión de muerte contra el mundo exterior. Ya en el texto el YO y el Ello había dicho que lo más alto y lo más bajo, lo más elevado y lo más degradado, coinciden y se anudan de una manera paradójica. Lo más elevado y lo más degradado se encuentran unidos “por una topología casi invisible, una suerte de simbolización fundamenta, de simbolización primordial que entrelaza, a la vez, los fines de lo que Freud denominó Eros y Tánatos”.

¿De dónde procede esta agresividad, esta hostilidad ¿Cuál es su origen? Aquí se superponen varios planos. Lacan nos muestra en el estadio del espejo que la agresividad es inherente a la asunción de nuestra imagen. En el seno de toda identificación con el otro, con nuestro semejante, hay una tendencia erotizada y a la vez agresiva. Hay una dimensión imaginaria del odio inherente a la estructura de la relación narcisista, de la relación intersubjetiva en términos narcisistas. Existen manifestaciones de odio que no se satisfacen con la destrucción del otro, sino que lo conduce a la degradación más absoluta. Como decía Lacan que no se conforma sino hasta llegar al envilecimiento, a la negación absoluta, más allá del extremo mismo de la muerte sin escatimar los refinamientos simbólicos más atroces. En este punto podemos mencionar el racismo como una tendencia a la degradación.

En el capítulo segundo de El Malestar, Freud plantea que el Yo se forma desprendiendo de sí un mundo exterior: “Surge una tendencia a disociar del yo cuanto pueda convertirse en fuente de displacer, a expulsarlo de sí, a formar un yo puramente hedónico, un yo placiente, enfrentado con un no yo, con un afuera, ajeno y semejante”. En el artículo “La negación” expone que el yo regido por el principio del placer tiene como único propósito introyectar lo bueno y expulsar se sí lo malo. En “Las pulsiones y sus destinos” refiere que lo malo, lo ajeno al yo y lo exterior, son en principio idénticos. El no-yo es algo que se ha desprendido del yo original – éste en un principio lo incluía todo, también el objeto. Ya en el “Proyecto de una psicología para neurólogos” hablaba del complejo del semejante. A causa del desamparo inicial del ser humano es vital la presencia de otro sin el cual la cría humana perecería. Eses primer objeto, a través del cual el sujeto se satisface, a la vez ha sido el primer objeto hostil. Las propiedades placenteras del objeto son incorporadas y el carácter displaciente del estímulo exterior es atribuido al objeto. Por ello se establece una equivalencia entre lo externo, lo ajeno y lo odiado, lo rechazado. Se trata de una ecuación simbólica. Es el inicio del tratamiento de la cuestión del odio y la hostilidad en el psicoanálisis. Resumiendo se produce una operación simbólica que distribuye los campos entre lo placentero como perteneciente al yo y lo displacentero, lo hostil del lado del mundo exterior. Aún cuando el objeto demuestre ser una fuente de placer, en la medida en que el yo lo elabora mediante una identificación, es decir, lo incorpora, va a seguir subsistiendo la ecuación objeto=ajeno=odiado. Curiosamente, aquello que da consistencia al yo es la cuestión de que para ese yo placer todo lo que es externo se considera como objeto hostil. El yo hace coincidir consigo mismo el placer y consigue dar una cierta consistencia imaginaria al displacer, situándolo fuera. No olvidemos que el displacer viene del aumento de nuestros estímulos internos o pulsiones, que, contrariamente a su origen, localizamos como provenientes de afuera. “Hay una discordancia en el aparato psíquico entre lo que son sus posibilidades de representación del objeto, por una parte y las noticias pulsionales por otra; esa  discordancia va a encontrar una cierta consistencia imaginaria en la creación de esa figura hostil con todo lo que es exterior”. Esto es posible porque somos sujetos hablantes, se produce como consecuencia de la introducción de lo simbólico, esto marca la división subjetiva. Con la introducción de lo simbólico hay algo que quedará fuera. Lo simbólico al ser introyectado ordena y pone límites, aquellos que queda fuera de sus límites será lo no representable. A raíz de la introducción de lo simbólico el ser humano puede constituir su imagen en el espejo, pero también podemos decir que la irrupción de la palabra es la muerte de la cosa. Lacan en su seminario sobre Los Escritos Técnicos de Freud pone el ejemplo del elefante. En el momento en que surge la palabra elefante –en sentido metafórico- la cosa elefante está condenada a morir. El significante elefante introduce una relación de verdadera destructibilidad entre el sujeto y el entorno, no hay una relación de armonía, sino por el contrario una relación de disarmonía. Ningún otro ser viviente ha sido tan depredador como el ser humano, precisamente por vincularse con el mundo que le rodea, de un elemento mediador, que lo separa de la relación directa con la naturaleza – no como en el caso de otros animales, que es el universo simbólico. Aquello mismo que nos da la condición de humanidad, el lenguaje, es a la vez, la fuente de una mortificación implacable

¿Cómo nos explica Freud la introyección de la ley simbólica?  Nos la presenta a través de un mito. El último mito moderno, según Lacan. Se trata del mito del asesinato del padre primordial, del padre de la horda primitiva, que presentó por primera vez en la obra de Totem y Tabú. Con ello trató de ejemplificar el tránsito de la naturaleza a la cultura. “En esta familia primitiva aún falta un elemento esencial de la cultura, pues la voluntad del jefe y padre era ilimitada… Los hijos al triunfar sobre el padre, habían descubierto que una asociación puede ser más poderosa que el individuo aislado… las restricciones que los hermanos hubieron de imponerse mutualmente para consolidar el nuevo sistema. Los preceptos del tabú constituyeron así el primer “Derecho”, “la primera ley”. Este es el modo utilizado por Freud para dar cuenta de la constitución de la ley, de la ley simbólica. Un modo de dar imagen a la introducción de la ley que marca la diferencia entre lo natural y lo cultural. Ley, que en sí misma no tiene ni origen ni autor, ni agente, porque “si hay algo que caracteriza a la ley, es una alteridad absolutamente inapelable. No se pueden pedir razones de su existencia o de su creación y absolutamente preexistente a toda forma de subjetividad humana”. La obediencia a la ley entraña una contradicción de repetición simbólica del sacrificio primordial. En la fiesta ritual se sacrifica el tótem y todos comen de él, esto es una forma simbólicamente disfrazada de recrear el asesinato del padre, origen de la ley y del pacto de la palabra. Con este mito introduce la noción de represión. La represión es la condición misma de la cultura. No es posible la existencia de  ningún lazo social que pueda constituirse sin establecer una regulación y, por lo tanto, una privación de la satisfacción, una pérdida de goce. La represión no se puede aislar de esa función central que para Freud es la castración, función absolutamente simbólica, ligada al lenguaje y que Freud mitificó con esta noción del asesinato del padre. Es fundamental este mito para dar cuenta de la función paterna, del Padre simbólico que, posteriormente, Lacan designaría como significante del Nombre del Padre.

En El Malestar en la cultura hay una teoría acabada de la ley simbólica. Ley que, a la vez, regula el goce en la relación con los otros, es lo que propicia una moral que es incapaz de una consideración tierna y amorosa hacia el objeto.

Volviendo con la pulsión agresiva, recordemos algunas de las preguntas que Freud se hace ¿A qué recursos apela la cultura para coartar la agresión que es antagónica para hacerla inofensiva y quizás eliminarla? ¿Cómo es qué podemos vivir en sociedad? ¿Qué ha sucedido para que los deseos agresivos se tornaran inocuos?. Nos responde desde el punto de vista tópico del funcionamiento del aparato psíquico: la agresiones internalizada, dirigida contra el propio yo. La agresión se incorpora a una parte del yo, que en calidad de superyo se opone a la parte restante, y asume así la función de conciencia moral. El superyo despliega frente al yo la misma agresividad que éste habría satisfecho en individuos extraños. Aquí entra en juego el sentimiento de culpabilidad: “tensión creada entre el severo superyo y e yo subordinado al mismo. El sentimiento de culpabilidad se manifiesta como necesidad de castigo”. Va a plantear los dos orígenes del sentimiento de culpabilidad: a) miedo a la autoridad y b) temor al superyo. En el primer caso, es un sentimiento que se produce cuando hemos hecho algo “malo”. Para ello hay un reconocimiento de la maldad como algo condenable. Como no existe una facultad original de discernir el bien del mal, esta distinción tiene que ser introducida por alguien ajeno al propio sujeto: “Dado que el hombre  no ha sido llevado por su propia sensibilidad a tal discriminación, debe tener algún motivo para subordinarse a esta influencia extraña”. Este motivo está en el desamparo inicial de todo ser humano, en su dependencia de los demás. El sujeto se somete por miedo a la pérdida de amor: “Al perder el amor del prójimo, de quien depende, pierde con ello su protección frente a muchos peligros y, ante todo se expone al riesgo de que este prójimo, más poderoso que él, le demuestre su superioridad en forma de castigo. Con esto sabemos que “lo malo”, aquello por lo cual uno es amenazado con la pérdida de amor. No importa mucho si realmente hemos hecho el mal o nos proponemos hacer, en ambos casos aparecerá el peligro cuando la autoridad lo haya descubierto y, adoptaría una misma actitud en ambos casos.

Vamos ahora con el segundo punto. Nos dice Freud que sólo se produce un cambio fundamental cuando la autoridad es internalizada al establecerse el superyo. En este caso es cuando se puede hablar realmente de conciencia moral y de sentimiento de culpabilidad. En este nivel no existen diferencias entre lo realizado y los deseos, pues nada puede ocultarse al superyo ni siquiera los pensamientos: “El superyo tortura al yo con las mismas sensaciones de angustia y está al acecho de oportunidades para hacerlo castigar por el mundo exterior”. La severidad de la conciencia moral continúa el rigor de la autoridad exterior, sustituyéndola en parte. No basta con la renuncia pulsional pues e deseo correspondiente persiste y no puede ser ocultado ante el superyo. En consecuencia, surgirá el sentimiento de culpabilidad. La renuncia pulsional no tiene efecto absolvente y el yo ha cambiado lo interior amenazante –pérdida de amor y castigo- por una desgracia interior permanente: la tensión del sentimiento de culpabilidad. Freud llega, más allá, a la tesis de que toda renuncia pulsional se convierte en una fuente de la dinámica de la conciencia moral ; toda nueva renuncia a la satisfacción aumenta su severidad e intolerancia”. Es una tesis paradójica en la que la renuncia pulsional crea una conciencia moral que a su vez, exige nuevas renuncias pulsionales. Para aclararlo retoma el tema de la pulsión agresiva: “El efecto de la renuncia pulsional sobre la conciencia moral se fundaría en que cada parte de agresión a cuyo cumplimiento renunciamos es incorporada por el superyo, acrecentando su agresividad contra el yo”. El superyo debe de haber desarrollado considerables tendencias agresivas contra la autoridad que privara al niño de sus primeras y más importantes satisfacciones : “bajo el imperio de la necesidad, el niño se vio obligado a renunciar también a esta agresión vengativa, sustrayéndose a una situación económica difícil mediante el recurso que le ofrecen : incorpora ,identificándose con ella a esta autoridad inaccesible que , entonces, se convierte en superyo y se apodera de toda la agresividad que el niño gustosamente hubiera descargado contra aquella. La relación entre el superyo y el yo es el retorno, deformado por el deseo de viejas relaciones reales entre el yo y el objeto exterior. La primitiva severidad del superyo responde a nuestra propia agresión contra el objeto”. Freud da un paso más al plantear que la conciencia moral se habría formado primariamente por la supresión de una agresión y, que en su desarrollo se hace más fuerte mediante nuevas supresiones. Freud introduce la dimensión de que el sentimiento de culpabilidad procede del complejo de Edipo. Nos remitirá, nuevamente, al mito del padre de la horda y a su asesinato por parte de los hijos. Una vez cometido el crimen, los hijos se sienten culpables, Sienten remordimiento. Éste procede del resultado de la primitiva ambivalencia afectiva hacia el padre, pues los hijos lo odiaban, pero también le amaban; una vez satisfecho el odio mediante la agresión, el amor volvió a surgir en el remordimiento consecutivo al acto, surgiendo el superyó por identificación con el padre, dotándolo del poderío de éste, como si con ello quisiera castigar la agresión que se le hiciera y, estableciendo finalmente las restricciones destinadas a prevenir la repetición del crimen al igual que la prohibición del incesto. Con esto incluye la participación del amor en la génesis de la conciencia y se aclara el carácter fatalmente inevitable del sentimiento de culpabilidad. Freud pasa a definir el sentimiento de culpabilidad como “la expresión del conflicto de ambivalencia de la eterna lucha entre el Eros y la pulsión de muerte; la cultura está unida, quizás, indisolublemente con la exaltación del sentimiento de culpabilidad, que puede llegar a alcanzar un grado difícilmente soportable para el sujeto”.

En la última parte del texto, Freud hablará del sentimiento de culpabilidad como problema más importante de la evolución cultural. Este sentimiento engendrado por la cultura,generalmente ,permanece inconsciente en gran parte o se expresa como un malestar, una desazón, un descontento que normalmente se atribuye a otras motivaciones.

Define la necesidad de castigo como una parte del impulso a la destrucción interna que posee el yo y que utiliza para establecer el vínculo erótico con el superyo”.

Refiere dos clases de sentimiento de culpabilidad: uno consciente “emanad del remordimiento por la mala acción”, el otro, inconsciente “derivado de la percepción del impulso nocivo”.

Para concluir quiero transcribir dos citas, que son suficientemente elocuentes de las dificultades de los seres humanos:

“Tal como fatalmente deben combatirse en cada sujeto las dos tendencias antagónicas –la de la felicidad individual y la de la unión humana– así también ha de enfrentarse por fuerza, disputándose el terreno, ambos procesos evolutivos: el del individuo y el de la cultura”.

La existencia del sujeto en la palabra transcurre en un medio artificial, el medio simbólico, del lenguaje. Por esto se produce un destierro del sujeto respecto de toda relación con el entorno natural, esa relación de armonía que se encuentra en los sistemas de la naturaleza, está relación de armonía encuentra su excepción en el caso de los seres humanos, que incuso, tal y como en este trabajo nos muestra Freud está en disarmonía en su propio medio que es la cultura.

“A mi juicio el destino de la especie humana será decidido por las circunstancias de si-y hasta qué punto- el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas de la pulsión de agresión y autodestrucción”.

 

Curso SABER Y DESEO  1.994
Prof. Dr. D. Eugenio Fernández
Autora Dª Carmen Monedero Pérez

 

Este comentario ha sido realizado tomando en cuenta los siguientes textos de Freud: El Malestar en la cultura, El Yo y el Ello, La negación, Proyecto de una psicología para neurólogos y Totem y tabú. Así como las referencias a dos textos de Lacan , el Seminario Los Escritos Técnicos de Freud y el texto sobre el estadio del espejo.